El Festival en mi tinta

Por Diego Fernando Sampedro

Quienes dieron sus alas están hartos de no verlas volar.

Antonio Porchia.

I

 

De las revoluciones psíquicas: 

“Un negocio financiado por multinacionales” opinó de manera vehemente uno de mis maestros sobre el Festival de Teatro de Bogotá. ¡Ahí ya tienen metido un buen dinero Visa, Mastercard y quién sabe cuántos más, por eso cada vez es menos accesible al público, cada vez está más caro! Por otro lado, mi amigo Giovanni Piragua, productor del evento, dice que empezaron con un presupuesto de menos algunos miles de millones de pesos. Sea una exposición vulgar de la burguesía bogotana o un extraordinario encuentro de expresiones artísticas del mundo (una quijotada casi), ya es revolucionario que un niño de 14 años esté sentado en una incómoda silla durante dos largas horas viendo la interpretación teatral de 1984 hecha por Tim Robbins; mucho más si luego, en el intermedio, empieza a dar su punto de vista sobre la adaptación resaltando que para poder funcionar como obra de teatro, ha tenido que alejarse de la fidelidad del texto.

Las revoluciones, como enseñó Sigmund Freud, no solamente se producen modificando las condiciones históricas objetivas. De hecho, dichas condiciones solo pueden ser modificadas si la psique ha sufrido también una profunda transformación. Por eso cuando decimos “cultura”, decimos “psique” y viceversa. Es pues definitivamente revolucionario que en la generación de la exposición constante, del BlackBerry, el twitter y el Facebook, de la seducción permanente y el compromiso con nada, un buen grupo de niños haya asistido a Julio César, Hamlet o Cocoricó, entre otras. No dejo de lamentar que buena parte de los asistentes adultos sean pequeño burgueses con un buen dinero para gastar y que encuentran en el festival el evento perfecto para tener de que hablar en sus cocteles. Prueba de ello es que parecen ir siempre en busca de risas aun cuando las escenas presentadas lejos estén de tener un tono hilarante.

Impresiones es lo único que puedo ofrecerles, el festival a través de estos ojos que, obsesivamente, presenciaron un buen número de expresiones teatrales. Tal vez solo impresiones es lo que hacemos siempre, sensaciones revestidas de verdad, con tono de apotegmas, para ganar en credibilidad ante quienes nos escuchan o leen, pero debemos saber siempre que, como decía el maestro Julio Cortázar “toda explicación es un error bien vestido”. Aquí van mis errores, aunque me esforcé por vestirlos de la mejor manera.

 

II

 

Me dice que soy un ciego, lo que veo

Antonio Porchia

La primera obra fue en el León de Greiff un Viernes de cansancio y gripa: Rock and roll de Kosovo, desarrollada por el Teatro Nacional del mismo país. No es mucho lo que se puede opinar, los subtítulos estaban muy mal así que podía comprenderse muy poco, se intuía una buena intencionalidad al tratar de narrar el enfrentamiento entre el socialismo y el capitalismo a la luz del fenómeno del rock, pero nada más. Las imágenes teatrales pobres y una música garantizada desde antes de su interpretación: Pink Floyd, Queen y The Doors. Más importante mi estado de salud que la obra y no hay mucho más que decir.

Luego vino La luna luna, una construcción de imágenes teatrales a partir de la obra de Federico García Lorca. Buena parte de las representaciones fueron bastante cómicas, especialmente la sección sobre La casa de Bernarda Alba. Para los neófitos en García Lorca la comprensión resulta ciertamente difícil, pero las imágenes del toro y la luna que atraviesan la obra son muy impactantes, es como si se repitiera como una pulsación, todo el tiempo, “A las cinco de la tarde, a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde”. La música completaba el cuadro, cantos gitanos en su mayoría. En todo caso, el carácter fragmentado de la obra dificultaba su comprensión.

Tom Tom Crew es un espectáculo en todos los sentidos posibles. La compañía australiana Strut & Fret Production House arma un stage impresionante donde las acrobacias y la experimentación rítmica con instrumentos inusuales están al orden del día. Muy impresionante el DJ y el hombre que hacía distintos sonidos con la voz, él solo podría armar un show en el que produciría hipnotismo en todos. Simultáneamente hacía hasta tres tipos de sonidos y con ello armó un homenaje a Michael Jackson, pura diversión.

El texto de Samuel Beckett Esperando a Godot es una seguridad para cualquier montaje. Lo nuevo estaba en ver la adaptación de una compañía rumana. El teatro de lo absurdo tiene la cualidad de ser más real que la realidad misma, ¿Estamos tan vacíos de sentido que esperamos una justificación exterior? La espera será en vano, Godot nunca vendrá. Lo que viene, constantemente, es un esclavo dominado por un amo que se divierte con él, puro sufrimiento, sin lenguaje, sin identidad, nada más que acontecer, el acaecer de fenómenos sin más. La puesta en escena de los rumanos se caracterizó por lo impecable de las actuaciones, el énfasis en las gestualidades y el respeto del texto original.

Lluvia constante fue una descarga metafísica argentina. Rodrigo Díaz de la Serna (más conocido en el mundo del cine como Fuser) lleva a cabo una actuación electrizante. Dos amigos detectives cuentan una macabra historia que los lleva a la destrucción, incluso de su propia relación de amistad. Como en una continuación de las afirmaciones del Joker en Batman, el caballero de la noche, nos presenta la débil línea divisoria entre lo que llamamos locura y lo que denominamos normalidad, no hace falta sino un empujón, en este caso la culpa lleva a uno de los personajes principales a una estado casi esquizofrénico.

La adaptación alemana de Casa de muñecas que se presentó en el teatro mayor Julio Mario Santo Domingo es admirable. Echando mano de recursos muy sencillos en un escenario casi simple pero con un maquillaje notable, la obra se desarrolla con base en las actuaciones y los libretos (teatro clásico). El desprecio, las trampas, la manipulación afectiva, los juegos de poder, el morbo y una sexualidad entre infantilizada, descarnada e irresponsable, son las bases de la puesta en escena teatral. Por momentos un poco fría y monótona, aunque el nivel de las actuaciones es bastante alto.

Donka, una carta a Chéjov fue quizá la obra más sublime que pude observar. La compañía Finzi Pasca, disidentes del Circo del Sol, lleva a cabo una magistral representación que se mueve entre la comedia y la conmoción. Ya en el año 2010 habíamos presenciado el espectáculo Rain del circo Éloize con algunas características similares. El perfeccionismo extremo del Circo del Sol en algunos momentos se convierte en una camisa de fuerza para el artista. Tanto en Rain como en Donka hay momentos de improvisación, el azar tiene secciones de protagonismo en medio del absoluto cuidado de las formas. En este caso son impresionantes los juegos de luces y sombras, los colores fucsias, verdes y azules, entre los que aparecen algunas sombras dibujando escenas, sombras que se acercan y se alejan como en los sueños de Kurosawa. Más que entender, se trataba de sentir, aún permanece el estrepitoso recuerdo de un bailarín de cuerpo perfecto que hacía giros con su aro alrededor de un escenario lleno de pétalos de rosa. Los mismos pétalos que antes habían visto descender y ascender constantemente entre telas a dos acróbatas que hacían diversas figuras. Sentir más que pensar, la imagen poética que tiene un valor en sí misma, más allá de cualquier racionalidad, se trata al menos de las razones que tiene el corazón y que son ajenas a la razón misma.

Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido es una obra Checa que cuestiona el rol de la mujer en el mundo occidental de manera socarrona y sarcástica. A medida que la obra transcurre va perdiendo fuerza, al final se desvanece un poco entre cantos insulsos. El libreto se reitera constantemente en la objetualización de la mujer, en su sometimiento a formas de poder, en su explotación sexual, acaso, y en muchos momentos, propiciado por ella misma. Por momentos recordaba el llamado de Simone Weil o de Simone de Beauvoir a la mujer: ¿Qué hacer cuando ella misma es la que permite y propende por su propia sumisión? ¿Cuando el desarrollo cultural arraigado en su psique ha hecho tal daño que ya no soporta su propia libertad o se cree libre a través de su propio sufrimiento?

1984 fue la adaptación de Tim Robbins al famosísimo libro de George Orwell, se oyeron muchas quejas sobre la renuncia a la incertidumbre, o mejor, sobre la tendencia a eliminar cualquier tipo de esperanza, pues desde el inicio el personaje principal nos cuenta su historia una vez ha sido apresado. Intuimos entonces que el amor no será posible, sobretodo que no será una tabla de salvación. La segunda parte es electrizante, más actual que nunca en este mundo en el que o estás conectado o no existes, el mundo de la virtualidad sin asidero real. Algunos meses después de cerrar Facebook recibí una notificación en la que me felicitaban por haber activado de nuevo mi cuenta, dándome la bienvenida a la comunidad. Yo no había accedido a activarla de nuevo, no importaba, ¡El gran hermano te vigila! Terminamos todos gritando, de alguna manera ¡Que viva el gran hermano! El sistema funciona tan automáticamente que terminamos haciéndolo, internándonos en él como si no hubiera otra salida.

Cocoricó es una comedia sencilla pero grandiosa, al mejor estilo del teatro gestual. Como Laurel y Hardy, como el gordo y el flaco, con rasgos de Chaplin o de Buster Keaton. Dos personajes, un piano, dos bastidores y diversos juegos de luces y sombras, nos mantienen en risas perpetuas hasta el final de la obra, no es necesaria ninguna verbalización. Las sombras chinescas, especialmente la de un pato que juega con el piano sobre fondos de colores fluorescentes, completan el cuadro.

Hamlet de Corea del Sur es otra de las maravillas que nos dejó el festival. Al leer Harold Bloom, me parecía muy exagerada su afirmación de que Shakespeare se había inventado lo humano o al menos el hombre de la modernidad. Al ver adaptaciones del autor inglés en distintos contextos, entendemos que hay algo de lo que llamamos humanidad que se pone por encima de las particularidades de cualquier cultura y que se encuentra en Hamlet también. La culpa tal vez, el sentimiento de venganza quizá, la delgada línea entre la salud mental y la locura, se superponen a las particularidades de la música y la cultura coreana. El estruendoso final es impresionante, el espíritu desnudo de Hamlet camina sobre los muertos arrastrando un manto blanco. Da la vuelta, mira al público y las luces se apagan súbitamente ¡Aplausos!

Julio César es otra adaptación de Shakespeare, en este caso muy similar al trabajo hecho por Baz Lurhmann con Romeo y Julieta llevado al cine. El contexto se parece a El padrino o al de cualquier enfrentamiento entre poderes en el mundo actual ¿La liberación del tirano es igual a la democracia? ¿Hay unanimidad sobre lo malvado del tirano, sobre su naturaleza autocrática y opresora? ¿Es correcta la decisión de eliminarlo? Como azotados por la culpa, quienes se atrevieron a matar al César mueren uno a uno, castigados por su propia incertidumbre.

Camino vertical fue la obra de cierre, una danza contemporánea inspirada en el sufismo. Como en Donka, más que pensar se trataba de sentir, la combinación entre las luces, las sombras, música de tambores inclemente y atronadora. En el fondo del telón aparecían algunas sombras, como espíritus que luego adquirían vida y se trenzaban en conflictos y vicisitudes propias de la naturaleza humana. Luego los espíritus vuelven al fondo del telón y el personaje principal, el único que queda en el mundo de los vivos, en medio del estruendo de los tambores, roza la tela y esta se cae, como rompiendo las barreras entre la vida y la muerte, dejándonos a todos en el estupor. La compañía está conformada por bailarines de distintas nacionalidades, demostrando que el cuerpo puede llegar a ser una forma universal de expresión.

 

III

Estética y política:

Levantando todo tipo de polémicas, el filósofo francés Jacques Rancière hace un novedoso planteamiento sobre las relaciones entre la estética y la política. Originalmente, al menos como lo concebía Aristóteles, el término política se encontraba en el campo semántico de la polis. Así pues, toda acción de un ciudadano era de por sí un acto político, pues contribuía en la realización o desintegración de la ciudad, entendida como el organismo social a través del cual se buscaba la supervivencia equilibrada, o mejor, la convivencia.

Lo que actualmente llamamos política es en realidad un acto performativo, una actuación cuya única finalidad consiste en la acumulación de votos para obtener cargos burocráticos. Una vez se lleva a cabo la elección, se pierde cualquier contacto entre el votante y el gobernante, se termina el juego que no fue más sino un mes de histrionismo puro, un circo armado con el dinero de los impuestos para elegir a quien va a distribuir estos mismos recursos. Ya lo insinuaba Franz Kafka en el relato Ante la ley, se vislumbraba allí que el gobierno es incapaz de tener en cuenta al más ínfimo de sus gobernados y que para el más pequeño de los habitantes de una nación es imposible tener contacto con el gobernante que ha elegido.

Es por eso que el arte termina siendo más político que la política misma, para el caso que nos convoca, las representaciones teatrales, o mejor, la transformación que sufre Bogotá en el marco del festival de teatro, es una acto mucho más político que cualquiera de las acciones que irresponsablemente denominamos acciones políticas. Lo que logra el festival es una transformación de la ciudad y por lo tanto, una transformación de la psique de quienes en él participan. Las calles, las salas de teatro, Corferias, las plazas, se llenan de cientas de posibilidades de todas partes del mundo.

Se trate de la señora que va al teatro para tener de que hablar en el coctel del fin de semana, el estudiante que obligado por su profesor de español se acerca por primera vez a un espectáculo de sala o de calle, el aficionado que cada dos años visita con vehemencia las salas del festival, lo que sucede en Bogotá durante estas dos semanas transforma las condiciones psíquicas de sus habitantes, modifica el modo en el que nos relacionamos, permite que, como sucede de manera frecuente en New York o París, el mundo entero esté a disposición nuestra, al menos un fragmento del universo de posibilidades que el mundo nos puede ofrecer. El festival de teatro resulta más político que Carlos Gaviria, Gustavo Petro o Antanas Mockus, aunque eso último no es muy difícil.

 

 

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