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No reseña: El tiempo

Fecha de publicación 3 agosto, 2015 | Reseñas, Texto
Por: Clara Giraldo Mejía
@clara_gime


“El viento es divertido. ¡Yupi!”.

Tony Ross, El tiempo

 

En Bogotá, la lluvia y el sol suelen mezclarse e intercalarse como si el clima no tuviera reglas, estructura, lógica o límites, como los que propone Ross en El tiempo, y los que el IDEAM usa para hacer pronósticos osados sobre el clima caprichoso e indeciso de esta ciudad.

Hoy, por ejemplo, anuncia que va a llover y que la temperatura mínima será 8 °C y la máxima, 19; mañana, también; pero el jueves el sol se asomará durante el desayuno y permanecerá allí hasta la hora de almorzar.

¿Lluvia o sol?, como están las cosas el resultado será el mismo. No lo digo porque el clima me obligue a vestir distinto, como la Pequeña Princesa de Ross, que salta entre las páginas y las temperaturas como si nada estuviera pasando, salvo el hecho de tener que usar sombrero, porque su corona no la protege de los rayos UV, o un impermeable que la hace inmune a la pulmonía que contraería si permanece bajo la lluvia sin sombrilla.

No, no me refiero a eso, sino a que para mí el clima significa “recuerdos de relaciones profundas y efímeras que terminaron mal, muy mal”. Consejo: no pretenda ser poético, por ningún motivo se le ocurra asociar con un factor climático a quien, posiblemente, después de unos meses de idilio tenga que decirle: “Por favor, no me vuelvas a buscar, es mejor dejar las cosas así. No nos volvamos a ver”. Yo cometí esa bestialidad no una, sino dos veces: una fue el sol y la otra, la lluvia.

El clima no ayudó para nada en el proceso de desintoxicación de las relaciones sobre las cuales (segundo gran error) volqué y reinventé mi vida, mis emociones, mis horarios.

El sol siguió saliendo todos los días, así hiciera mal tiempo, para recordarme que la mujer a quien en teoría no volvería a ver siempre me miraba desde arriba, en forma de esfera incandescente, responsable del cáncer de piel y los incendios forestales. Dejó de cautivarme su tibieza, ya no me hacía sentir en vacaciones sino exhausta y deshidratada.

Me hacía falta un poco de agua. Agua de lluvia. Refresqué mi garganta, mis células recobraron la humedad. Llovizna ya no significaba gripa ni paraguas, sino botas bonitas para saltar sobre los charcos y ropa mojada que tocaba quitarse para que otra mujer me calentara con un abrazo gordito y prolongado, hasta que saliera el sol, que para entonces había vuelto a ser el centro de nuestro sistema planetario, nada más.

Tomé tanta agua de lluvia que me zambullí en ella, nadaba a ciegas en la otra mujer que me mecía en su laguna tranquila, hasta que un fenómeno natural plenamente identificado me expulsó, me ahogó, me congeló por dentro y me hizo invisible, como la Pequeña Princesa, transparente cuando “la nieve está fría”.

Una bufanda y un gorro de lana nos devolvieron el cuerpo, pero el daño ya estaba hecho: ni sol ni lluvia, la Princesa y yo ahora nos dejamos llevar por el viento.

6 de septiembre

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