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No Reseña: Y tú, ¿cómo te llamas?

Fecha de publicación 27 abril, 2015 | Reseñas, Texto

Ahora mi alcancía se llama Oklahoma

Por: Clara Inés Giraldo

En la No Reseña de hoy, descubran por qué Clara le cambió el nombre a su marranito, los lugares que encontró después de leer Y tú ¿cómo te llamas? de Daniel Nesquens y Elisa Arguilé, y anímense a seguirle la cuerda con el juego que nos propone en esta, la publicación inaugural de la nueva temporada de Radio Pachone. 

 

Y tú, ¿cómo te llamas?

“Y yo me llamo Blanca”.
Daniel Nesquens, Y tú, ¿cómo te llamas?

 

Le propongo un juego. Lea todas las instrucciones antes de comenzar. Entre a Internet, descargue Google Earth y escriba su nombre en el buscador. Para lograr efectos más interesantes elija el nombre que más le guste o con el que sea más conocido, en mi caso “Clarita” y en el de la narradora de esta historia de identidad y apropiación con el mundo “Blanca”.

Resulta que en este planeta, Blanca también es un pueblito en Colorado de 4,6 km2 y 391 habitantes; uno más grande en Murcia, España, con fuertes influencias católicas; y un lugar incierto, con muchos mapas pero sin información, que se llama Blanca Warm Mineral Springs, en Florida.

Sin usar Google Earth, sé que en Boyacá hay un pueblo de condiciones similares que se llama  Belén, como la profesora de Blanca; Magdalena es un departamento de la costa Atlántica colombiana y también la tía de la narradora; Margarita, su mamá y una isla venezolana atiborrada de turistas. En cambio, León, Sol, Coral, Marino y Ángel (abuelo, abuela, hermana, hermano y papá, respectivamente) no estaban tan presentes en mis precarios conocimientos geográficos; pero, como Google lo sabe todo, encontré que el rey de la selva también es una ciudad en Guanajuato; que México y Cuba están plagadas de calles, plazas y estados que comparten nombre con el astro rey; que cerca de Miami todo de llama Coral; y que, como es tan cerca al Vaticano, el Papa podría irse a veranear a San Marino.

Me muero de curiosidad por saber a cuál lugar del mundo lo envió el navegador de Google Earth cuando usted hizo click en la lupa de “volar a”. Yo crucé continuamente la frontera entre México y Estados Unidos, pero me quedé en un pueblo aún más invisible desde el espacio que el que encontré para Blanca. Se llama Clarita y está en Oklahoma, diminuto, donde las familias hacen su propio queso, se transportan en carrozas tiradas por caballos, todos usan esa espectacular vestimenta de los amish (porque lo son) y de lunes a viernes cincuenta y ocho niños pasan el día en la única escuela del pueblo aprendiendo sobre un mundo que no reconocerían porque no es como ellos.

Ilustración de Elisa Arguile

Ilustración de Elisa Arguile

Desde que descubrí este lugar que parece mentira, mi alcancía tiene otro nombre; ahora el marranito de barro que conocieron en Hipopótamo con problemas de dinero, se llama Oklahoma. Para que el cambio sea más visual coseré para él un sombrero amish y cada moneda de quinientos depositada en él será destinada única y exclusivamente para pagar la visa estadounidense, comprar los tiquetes aéreos Bogotá-Oklahoma City-Bogotá, contratar el transporte necesario para llegar a Clarita y hospedarme tres noches en la casa Moore, el único lugar que recibe turistas, con capacidad para cuatro personas.

Esta epifanía me costará alrededor de tres millones de pesos, que tardaré en ahorrar por lo menos dos años. Parece un esfuerzo ridículo pero tengo un punto a mi favor: Clarita no se va a mover de donde está, me esperará el tiempo que tarde en reunir el dinero necesario para conocerla, hablar con sus habitantes, leer un libro en su parque, ir a sus subastas, conocer todos sus recovecos.

Tras escribir esto entiendo los brazos abiertos de esa niña en la última página, siento ese sosiego, la plenitud de llamarse Blanca, sentirse blanca y creer que ella es todos los colores mezclados en un chorro de luz. Blanca extiende los brazos en actitud de lo que hasta hoy pensé que era un absurdo abrazo para el lector, pero hoy, después de dejar por escrito mis planes de viajar a Clarita y empaparme de ella, entiendo que no pretende abrazar a nadie, sino que Blanca se explaya en su nombre, lo derrama sobre las páginas que dedicó a sus parientes, a conocerlos, a ver en sus caras lo que sus nombres les imponían ser.

De una manera similar, tal vez tan parecida a los pueblos que se llaman como Blanca y como yo, este viaje desbordará la palabra “clara” y el sentido de mi nombre. Me enfrentará con todo lo que, claramente, no me gusta: la vida sencilla, la vida discreta, la rutina y la paz. Me ayudará a descubrir la faceta de Clara que me empeño en evitar.

31 de agosto

One Response to No Reseña: Y tú, ¿cómo te llamas?

  1. CARLOS ALFREDO GIRALDO CAICEDO says:

    Y TU ¿COMO TE LLAMAS?
    ES EL GRAN DILEMA DE ESTA ESCRITORA QUIEN RESPONDE A VARIOS NOMBRES, DESCONOCIENDO EL SUYO DE PILA, POR SER RARO Y LLENO DE EXTRANJERISMOS.
    PERO SI AL CAMINAR POR UNA CALLE LLENA DE GENTE USTED GRITA CARECUCHÚ, LA ÚNICA PERSONA QUE GIRA SU CARA Y TRATA DE UBICAR A QUIEN BALBUCEÓ, ES MI HIJA A QUIEN CONOZCO DESDE ANTES DE NACER Y QUE POR RAZONES PUBLICITARIAS NUNCA LO UTILIZARÁ POR CONSIDERAR QUE SERÍA ÚNICO EN EL PLANETA Y A ELLA LE ENCANTA SER COMO LA MAYORÍA.
    BESOS Y ABRAZO MUCHACHA

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