Sencillo2

Reseña: MULA

Fecha de publicación 28 mayo, 2015 | Reportajes, Texto

Por: Mauricio Gatiyo.

Sencillo2

Escribo en la tarde tesa que me heredó un destino insomne para referirme al producto de la cocción de un cerebro bogotano.

Esta crónica se llama: MULA, así como la banda.

Una mañana tibia de sábado desparchado me convidó Bibiana Rojas a que la acompañase a grabar unos videos. Desconociendo el norte -que a la postre sería el sur- le dije que sí. Vistiéndome rápido, salí hacia Matik Matik, ubicado en el costado oriental de la angosta carrera 11, dos casas antes de llegar a la 67 –Chapinero–. Aparecida la gente nos subimos a una van: instrumentos, músicos -incluido ingeniero de sonido-, los del video y Conductor. Se le dijo a éste que había que recoger al baterista de la banda en algún lugar de Teusaquillo. Resulté observando tímidamente los rostros nuevos que me ofrecía el paisaje en el interior del carro en el que pasaría las siguientes cuatro horas. Poco a poco, y con el transcurrir despacioso de la comunicación entre gente que se acaba de congregar, fui reconociendo voces, clasificando perfiles y moldeando mi entrada en esta sociedad que debía dirigirse hacía su destino -Usme- para un concierto al aire libre en un parque llamado Del Ocho.

La lluvia, que comenzaba a caer sobre nuestro techo de metal, para nada nos haría sospechar que gracias a ella, y a su consecuente demora, estaríamos en el momento preciso en que Santiago Botero, dictador artístico de la banda, encontraría -casi como una epifanía- el nombre del nuevo disco de MULA.

Requiere de un pensamiento científico el componer música y se trata de juntar partes y juntar divertimentos en pro de un benevolente final que satisfaga lo que se ha querido.

Semáforo en rojo. Semáforo en rojo. Semáforo en rojo hasta completar siete, todo ello para arribar a donde se encontraban Camilo Bartelsman y su batería empaquetada en grandes bultos negros de lona circular. Para cuando parqueamos en frente de su casa la lluvia ya se había convertido en aguacero. Los de la van abrimos la puerta pero el agua se vertía a salpicones sobre las sillas de cojín. Hubo que cerrar. Camilo B. abrió la puerta de su casa y se lanzó a correr con un par de tambores, cada uno en un hombro. Cuando llegó, abrimos estrepitosamente la puerta introduciendo los paquetes y cerrándola de nuevo. Si con esta primera carrera el baterista de la banda hubo quedado empapado, para cuando terminó de cargar -5 viajes después- ya el tipo lucía como uno de esos piscos que son lanzados a una piscina con ropa y todo. Se cerró definitivamente la puerta y el carro arrancó. Había transcurrido una hora desde nuestra partida. Se comentó que quizá estábamos atrasados. Se afirmó que estábamos bien de tiempo ya que se había salido con una hora de más. Sonrisas. Calma. Alguien frunció el ceño.

Todo artista-creador lleva constantemente en sus pensamientos los pormenores de su obra en desarrollo.

Directo Avenida Caracas hacia el sur. La lluvia mermaba un poco. Igual era lluvia y, como toda ella, siempre complica el tráfico. Además, sábado. El sábado es el día oficial del trancón en Bogotá. Apenas pasamos la calle 19 el movimiento se convirtió en pausa. Kike Mendoza -guitarra- miró por la ventana y, marcando el número telefónico que estaba viendo en un anuncio de “SE VENDE” de un apartamento sobre la Caracas con 17, llamó a consultar cuánto costaba el inmueble. Se incitó a la gente a especular cuál era el precio correcto, iniciando una serie de juegos que nos hicieron pasar el tiempo. El primero: adivinar qué tenía cada uno en su maleta. Picks. Cuadernos. Lápices. Quizá un labial. Partituras. Tapones para oído. Libros. Chucherías. Más artículos musicales y una estampita de la virgen. Todos felices recibiendo el trancón con desparpajo. Mange Valencia -saxo alto- propuso que jugásemos a adivinar el precio de cada uno de los instrumentos. ¡No-sé-cuántos millones! Súbale un poco. Bájele tanto. ¿Quién da más? Yo no adiviné ninguno, pero puedo concluir que todos estos chicos son profesionales. Luego se vino el popular Péguele a la Canción a Partir de una Palabra (PCPP). Por ejemplo “raza”: perteneciste a una raza antigua de pies descalzos y de sueños blancos. Shakira. Vilma Palma e Vampiros. Aterciopelados. Rocío Dúrcal. Eddie Santiago. Quizá Diomedes Díaz. Otros. Inmersos en estos juegos de la adivinadera, transcurrieron más de una centena de minutos, pocas calles, mucha lluvia, muchas risas, preocupación por la tardanza. Algunos se durmieron, otros se despertaron y se reintegraron a los juegos. Caracas con Sexta. El advenimiento de una epifanía.

Hay patadas en la cara que da gusto recibir. MULA es una de ellas.

Lo dicho: cuatro horas estuvimos en una van. Ninguno recordaba haber gastado tanto tiempo recorriendo un trayecto dentro de la ciudad. Después del extravío, después de acabados los juegos, después de gastadas las rodillas de tanto estar sentados, llegamos a Usme: carrera 1ra G este con calle 79 sur. Conductor estaba estresado, Santiago B. hablaba por celular recibiendo indicaciones. Los demás callados. Coja a la derecha por esa cuadra y suba otras cinco, allá pregunta. Llegamos a un parqueadero. ¡Los que se bajan! ¿Será que llueve de nuevo? Nooo, no creo. Dos gotas cayeron sobre la cabeza de quien contestó. Todos se miraron. Nada de nervios, armemos rápido que lo que se necesita es música. Cargue pa’quí, cargue pa’llá. Efectivamente el parque tenía dentro de sí un camino con forma de ocho y uno de sus círculos constituía un escenario donde la banda comenzó a armar sus cucuruchos. No había carpa para los músicos. Literalmente al aire libre. Puedo jurar que no se demoraron más de quince minutos en montar todo: sacar una extensión re larga desde una casa vecina, conectar consola y empezar a lanzar cables que vengan hacia ella, hacia él: Mauricio Báez -Ingeniero-. Los de los saxos a sus micrófonos. No hay espacio para una prueba de sonido. Este amplificador no prende. Se soluciona rápidamente. Alguno detiene el hambre a punta de mani-moto de tienda. Las nubes parecen no desaparecer. El teclado suena. La gente se congrega en las escalinatas. La batería está armada. Los músicos se miran. ¿De one?

Y entonces comenzó a sonar una vaina que yo no podía creer.

El bajo en llave con la guitarra los dos llevando un riff potentemente eterno haciéndole un tapete de fuerza metalera a unos saxos locos que se entrelazan melódicamente y conversan con la síntesis del teclado en un tren frenético de batería.

El sonido estaba impecable, su voz rompía amablemente las paredes de las casas. Personas comenzaban a salir para ver más de cerca lo que sucedía. Los de las gradas movían los hombros y la cabeza siguiendo un ritmo inevitable. Volteé a mirar y vi que Ricardo Narváez -saxo tenor- fruncía el ceño, soltando con garra esas notas a dúo con Mange V., quien profería ruda sus frases mientras característicamente movía sus piernas al vaivén de la música. Noventa grados moví el cuello y observé, mientras escuchaba, cómo Ricardo Gallo -laptop- improvisaba fortuitamente con unos sonidos que no eran propios de un teclado. Yo me sentía inmiscuido gratamente en una experiencia que no tendría por qué olvidar. Dos por dos -2 x 2- gotas cayeron sobre mi calva. La gente seguía sentada disfrutando de esta singularidad en su barrio. La guitarra y el bajo hubiesen podido romper el cielo. ¡Del putas! Cuando levanté la mirada vi la imagen que representaba toda esta travesía: Camilo B. tocaba la batería con el morral sobre su espalda.

Tuve una conversa con Santiago B. y esto es lo que pude extraer: Contrabajo. Bajo eléctrico. Muchos pedales de efectos. Estudiar en Holanda. Devolverse a Colombia. Devolverse a Bogotá. Lo que pasa acá. Matik-Matik. Improvisación. Docencia. Universidad. Ensamble. Escuchar. Primus. King Crimson. Punk. Música con un nivel de energía intenso. MULA. Las viudas. Los toscos. Otras quince bandas. El gusto por tocar. Componer. Jazz. Juntar partes. Hardcore graffiti. Spiderman comic. Tim Burton. Dictador. Dirigir. Artista con expresión sonora. Científico.

Pasadas pocas canciones -20 minutos- comenzó a llover en serio. Las personas se disgregaban como hormigas locas huyéndole a un matamoscas. Todos cogimos los aparatos que pudimos y salimos a correr: unos hacia la van, otros hacia la casa en donde estaba conectada la energía. Fueron dos minutos para no pensar sino para urgentemente salvar del agua las máquinas musicales y sonoras. Fue un chubasco rápido pero potente. Lo que estaba en la casa se llevó a la van. Despedida. Agradecimientos. Cinco minutos después ya era de noche. En el carro se comentó lo vertiginoso del asunto, la distancia en tiempo que nos tocó recorrer comparada con la corta duración del concierto. Los hechos mágicos tienen sus intríngulis insospechados. Ahora había que volver al punto de partida -Chapinero-.

Todavía nos quedaba un juego: voy a hacer una fiesta y voy a llevar… ¡un conejo! Los demás proclaman qué van a llevar a la parranda y la persona que lidera el juego les dice si pueden ir o no. Se trata de adivinar cuál es el motivo de la fiesta. ¿Es una fiesta de animales? Alguno no quiso jugar. Otro miraba por la ventana. Santiago B. sonreía, él era el único que sabía lo que había encontrado. Caracas con Sexta, tres horas antes. Para ese momento el tipo venía como que no quería hablar tanto. Seguro se puso a mirar por la ventana y entonces fue cuando lo vio: en letras rojas. Supongo que parpadeó abriendo los ojos ampliamente. Supongo que siguió con la mirada eso que era de su interés. Supongo que se le prendió la mecha de la creatividad. Lo cierto es que nadie se dio cuenta de que, así como una centella desprovista de intervenciones contextuales y ubicada casi como un destino sobre la mirada del artista, Santiago B. había encontrado el nombre del próximo disco de la banda: SOBANDERO. Y téngase en cuenta lo siguiente: muchas veces la profesión de sobandero está íntimamente relacionada con la de adivinador. Nosotros habíamos estado jugando toda la tarde a adivinar insignificancias, tal vez haciendo un colchón conceptual en algún lugar de este cerebro bogotano.

La música, esa joda viva que todos compartimos como cordón umbilical, nos genera ademanes perfectos encaminados a tornarnos bellos, es decir, nos hace estar en nuestra salsa. Tener conciencia de lo que pasa no es necesario mientras suenan sus redes, se doblega el alma y el tieso hondo recuerdo de las imágenes cautivas en un espacio de tiempo que existe en la cabeza se prende y se activa, mirando hacia la vez primera en que se experimentó el sonido.

He aquí el video.

2 Responses to Reseña: MULA

  1. Lau says:

    Grande Mau!
    Escribe más.

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